EL COLECTIVISMO COMO INSTRUMENTO DE FASCISMO ENCUBIERTO

La traición disfrazada de redención.Toda estructura colectiva que se impone al individuo —por más revolucionaria que se autoproclame— es enemiga […]

La traición disfrazada de redención.
Toda estructura colectiva que se impone al individuo —por más revolucionaria que se autoproclame— es enemiga de la Ley Natural. Cuando se examinan los orígenes ideológicos de los movimientos comunistas y anarquistas modernos, se descubre que muchos fueron diseñados o infiltrados desde el inicio por estructuras ocultas: masones, jesuitas y la Sociedad Fabiana, entre otros.
Estos actores no buscaban liberar al ser humano, sino reconfigurarlo como engranaje funcional a una ingeniería social superior: un colectivo sin alma, obediente, sin propiedad y sin iniciativa. Por ejemplo, la que financio el primer periódico anarquista llamado Fredoom dirigido por Kropotkim, fue Charlot Wilson de la Sociedad Fabiana.
El laboratorio francés: la anarquía dirigida
El anarquismo moderno nace en el siglo XIX con Pierre-Joseph Proudhon, quien afirmaba que “la propiedad es un robo”. Proudhon fue miembro de logias masónicas, según registros del Gran Oriente de Francia. Propuso un sistema donde toda posesión debía ser colectiva o mutualista. Lo que parecía rebelión contra el capital era, en el fondo, disolución del individuo en nombre del bien común.
Mijaíl Bakunin, por su parte, propuso un “colectivismo anarquista”, pero también formó parte de la sociedad secreta de Giuseppe Mazzini, donde operaban numerosos masones. Su propuesta: destruir el Estado… para reemplazarlo por “federaciones” dirigidas desde asambleas. ¿Libre asociación? No. Nuevo aparato de control sin rostro.
La Rusia prefabricada: revolución de élite
En 1917, Lenin llega a Rusia en un tren sellado financiado por banqueros alemanes (Parvus, Warburg, Schiff). Su revolución prometía tierras para los campesinos y poder para los soviets. En la práctica, impuso la colectivización forzada desde 1920: las tierras fueron confiscadas, los campesinos libres fueron llamados “kulaks” y exterminados o deportados a Siberia.
La Cheka, policía secreta creada en 1917, persiguió a anarquistas, mencheviques, religiosos y campesinos independientes. En 1921, el levantamiento de Kronstadt, encabezado por marineros que pedían “soviets libres”, fue masacrado por orden directa de Trotsky.
La revolución se comió a los suyos. Resultado: dictadura totalitaria bajo bandera roja.
La red Fabiana: infiltración progresiva
La Sociedad Fabiana, fundada en 1884 en Londres, tenía como símbolo un lobo disfrazado de oveja. Sus miembros —George Bernard Shaw, Sidney Webb, H.G. Wells— defendían una transformación social gradual a través del control educativo, cultural y político.
Desde allí se diseñó la base ideológica del Partido Laborista británico, el Fabian Socialism, que proponía colectivizar los medios de producción sin revolución violenta. Pero también planificaban la reducción de población, la eutanasia para los “no productivos” y una planificación estatal total.
Su influencia llegó a América Latina por vía de las universidades y las ONG. Muchos “progresistas” de los años 80-90 fueron entrenados bajo esta matriz. Fondo Rockefeller y Fundación Ford financiaron cátedras fabianas en la UBA y FLACSO, desde donde se tejieron redes de “nueva izquierda” que luego desembocaron en partidos como el Frente Amplio uruguayo o el kirchnerismo académico.
El anarquismo español: revolución y fusilamientos
Durante la Guerra Civil Española (1936–1939), la CNT-FAI lideró colectividades forzadas en Aragón y Cataluña. Campesinos que no querían integrarse a comunas eran fusilados, como en los casos de Barbastro y Lérida. Las llamadas “patrullas de control” ejecutaban sin juicio a religiosos, pequeños propietarios y disidentes.
Buenaventura Durruti, líder anarquista, decía: “Todo lo que el pueblo produce, pertenece al pueblo.” Pero en la práctica significaba expropiar a todo aquel que no entregara su producción al colectivo armado. Se quemaron iglesias, se requisaron casas, y la propiedad personal fue abolida por decreto de asambleas populares.
En Camboya, Pol Pot y los Jemeres Rojos (1975–1979) abolieron toda propiedad privada, evacuaron ciudades, y asesinaron a dos millones de personas. El delito: tener anteojos, hablar francés o saber leer. El comunismo “puro” fue el fascismo más bestial.
América Latina actual: la farsa continúa.
Hoy, en Venezuela, pequeños comerciantes han sido expropiados, presos políticos torturados, y la propiedad estatal alcanza hasta los mercados populares. En Cuba, nadie puede tener tierras propias ni medios de producción. El que se resiste, desaparece del sistema.
En Argentina, movimientos sociales con retórica anarquista como el Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), MTD Aníbal Verón y otros grupos asamblearios imponen “decisiones colectivas” y censuran o expulsan a quien cuestione la línea del momento, con lógica de soviet.
El método sigue: el que no colectiviza su voluntad, es disidente, y el disidente debe ser “reeducado”.
Conclusión: mismo patrón, nuevo disfraz.
El patrón se repite: una ideología que dice liberar al pueblo, pero que en la práctica anula al individuo, expropia su cuerpo, su tiempo y su obra, y se justifica en nombre del bien común.
El fascismo no tiene color ni bandera, tiene método: imponer, uniformar, castigar, censurar, planificar vidas desde arriba, anular el fuego interior.
La Ley Natural es la única revolución legítima:

     

      • Cada ser es dueño de su cuerpo.

      • Dueño de su tiempo.

      • Dueño de lo que crea.
      • Cualquier sistema —comunal, estatal, religioso o corporativo— que le quite esto sin consentimiento, es una estructura fascista.
      • La verdadera revolución no necesita tomar el poder. Necesita dejar de entregarlo.
        Es dable aclarar que los tiranos que se dicen “dueños de los medios de producción” no son propietarios legítimos, ya que esas propiedades están impuestas sobre la base de la expoliación y la explotación de otros seres humanos. Desde la visión de la Ley Natural, la propiedad solo es legítima cuando nace del uso directo, voluntario y no agresivo de la propia energía. Cualquier otra forma de adquisición —ya sea por herencia de privilegio, por violencia estructural o por manipulación de sistemas ajenos a la voluntad— está viciada en origen.
        La acumulación basada en la apropiación del tiempo, el cuerpo o la obra ajena, sin consentimiento, es una forma de saqueo espiritual. No importa si está legalizada por un Estado, por un mercado o por una doctrina ideológica. Es robo vibracional. Es esclavitud maquillada.
        Frente a eso, una organización popular que respete las decisiones reales de todos —no las impuestas, no las simuladas, no las que se toman en asambleas coercitivas— encontrará la manera de proteger a quienes han sido despojados. Esa protección no nace del castigo ni del autoritarismo, sino de la restitución vibracional del equilibrio perdido. Es decir: garantizar el derecho natural para todos.
        Para lograrlo no alcanza con reformar sistemas existentes. Hace falta crear nuevas formas desde otra frecuencia: estructuras que vibren en coherencia con la libertad interior. La base para eso es clara: autonomía, autoorganización y autodefensas humanas.
        Autonomía es que cada quien recupere su cuerpo, su energía, su obra, su ritmo, su voz. Que ningún otro hable por vos. Que ningún patrón, partido ni profeta decida por tu fuego.
        Autoorganización es que las voluntades libres se reúnan y acuerden desde el respeto mutuo. Que no haya jefes disfrazados de voceros ni coerción encubierta en nombre del colectivo. Las estructuras sanas se arman como redes, no como pirámides.
        Autodefensas humanas no implica violencia sino hay que cuidarse la vida, solo protección vibracional. Es la capacidad de cerrar el campo, de detectar parasitismos, de expulsar interferencias, de decir que no. Es saber custodiar tu don y tu espacio sin necesidad de intermediarios. Es recordar que nadie tiene derecho a usarte, ni a apropiarse de tu creación.
        Cuando estas tres bases se activan, el tirano se queda sin campo donde operar. El predador solo existe cuando encuentra presa. Si todos recuperan su soberanía, no hay estructura de poder que pueda sostenerse.
        Por eso, la verdadera revolución no necesita matar, solo defenderse: necesita dejar de obedecer. Dejar de ceder. Dejar de callar. Y empezar a crear desde la frecuencia de lo legítimo. Eso no requiere permiso. Se ejerce. Y al ejercerse, se contagia. Por resonancia. Por fuerza vibracional. Por decisión impecable.

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